martes, septiembre 19, 2017

Escribir - Helène Cixous

«La condición por la que comenzar a escribir se vuelve necesaria y posible: perder todo, haber una vez perdido todo. Y esta no es una “condición” pensable. Tú no puedes querer perder: si quieres, entonces hay un tú y hay querer, hay no-perdido. Escribir comienza sin ti, sin yo, sin ley, sin saber, sin luz, sin esperanza, sin lazo, sin nadie cerca de ti. Entonces, cuando lo has perdido todo, no hay más camino, no hay más sentido, no hay más signo fijo, no hay más suelo, no hay más pensamiento, cuando estás perdida, fuera de ti, y continúas perdiéndote, cuando devienes el movimiento enloquecedor de perderte, entonces es por ahí, desde ahí, donde eres trama despedazada, completamente abismada de otra, es en esos tiempos jadeantes cuando escrituras te atraviesan, brotan fuera de las gargantas de tus habitantes desconocidas, son gritos que la muerte y la vida arrojan al combatirse...—

lunes, septiembre 18, 2017

Somos la rana acostumbrada - Martín Caparrós

Fragmento de "La culpa es de nuestra generación", un genial texto de Martín Caparrós, pleno de confesones, a propósito de sus 60 años. Pueden leerlo completo en el New York Times.

«Cada vez más conductas anormales nos parecen normales: nos parece normal que tantos coman poco, que tantos vivan mal, que tantos mueran antes, que la violencia —verbal o física— sea nuestra manera; nos parece normal que nos engañen. Hace un mes, en una tribuna de fútbol, un muchacho reconoció al señor que, al volante de un coche a toda máquina, había matado a su hermano. Lo interpeló; el homicida, para sacárselo de encima, gritó que el muchacho era hincha del equipo contrario y se lanzó a pegarle. Se le unieron muchos. Emanuel Balbo trató de escaparse pero no lo consiguió: se cayó, se mató. Ya muerto, derramado en el suelo, hinchas seguían insultándolo por ser, decían, del equipo contrario. Y alguno le robó las zapatillas.

»Y entonces dos o tres dijeron que era intolerable, y todos toleramos. Avanzamos por el camino de la rana: nos metieron en el agua tibia y nos la fueron calentando poco a poco y, con el tiempo, nos acostumbramos a vivir en un país que hierve; o casi hierve, porque tampoco es que haya suficiente gas.

»Somos la rana acostumbrada; somos, al fin y al cabo, gente que resopla. (Resoplar, decía el otro, solo sirve si después se sopla. Si no, se queda en el berrinche; y el berrinche es la costumbre más argenta). Resoplamos y nos armamos un país a imagen del resoplo: un país que se grita cosas para sacarse el malhumor pero que está tan pagado de sí mismo, tan engañado de sí mismo que le pudo creer a aquella presidenta que dijo que tenía menos pobreza que Alemania. Un país que sigue imaginando que tiene un lugar en el mundo. Un país que trata de no ver lo que es. Nos ayuda, si acaso, ese mérito que no nos abandona: seguimos poniendo caras en la camiseta universal. Si antes fueron Ernesto Guevara o Eva Perón, después Borges o Maradona, ahora es Jorge Bergoglio: la proporción de personajes globales que produce la Argentina no tiene relación con su papel en la cultura y la economía del mundo. Aunque ahí hay algo que quizá nos defina: ser grandes de la máscara.

«O mejor llamarlo por su nombre: la careta. Es difícil, por ejemplo, negar que los más exitosos de nuestra generación son esos dos cincuentones que el 90 por ciento de los argentinos votó, hace año y medio, para que nos mandaran. Es difícil soportar que nuestros jefes sean un señor que no habla cuando habla y otro que miente incluso cuando calla: dos señores de tan pocas luces. Y que otros estandartes sean un exfutbolista que fue extraordinario y se convirtió en un jubilado triste, y un músico que fue extraordinario y se convirtió en un jubilado triste. Mauri, Daniel, Diegote, Charly. Máscaras, lo nuestro son las máscaras. Y, cada vez más, los jubilados tristes.

* * * 

»Somos muy mediocres. O, por lo menos: nuestras acciones públicas son tan mediocres, producen resultados tan mediocres.

»En algunos años, algunos libros contarán —si es que hay libros todavía, si es que hay una Argentina todavía— que la nuestra fue la generación más fracasada de la historia del país. Que fuimos nosotros —no harán diferencias, hablarán de todos nosotros— los que lo llevamos a este punto. Por supuesto, la generación siguiente puede disputarnos la corona, pero creo que nos reconocerán la importancia de haber hecho camino...»

viernes, septiembre 08, 2017

Acerca de los talleres literarios

"Al final, la mejor forma no sólo de sobrevivir, sino de crecer en un taller literario es trabajar fuerte, estar abierto a sugerencias, entender lo que cada alumno tiene para ofrecerte e ignorar el drama y los juegos. Estás ahí para escribir. Estás ahí para aprender, para evolucionar. Así que pon tu sangre, sudor y lágrimas en la página. No te contengas, escupe tus agallas y escribe la mejor historia que puedas, échale corazón, emoción e intensidad".

Richard Thomas.
Completo en Tinta Chida.

Nos vemos este sábado en el Centro de las Artes. Y el martes en Fernando Rosas.

miércoles, septiembre 06, 2017

El próximo cuento (Crónicas de un tallerista I) - Eduardo Garay Vega

Hace muchos años, tras ganar un concurso de cuento casi por equivocación, me encontré en medio de un taller literario discutiendo sobre qué debía escribir un escritor, y más específicamente, un cuentista.

Yo, por ignorancia y exceso de insolencia, dije que los cuentistas están obligados a escribir de lo que saben.

Todos los presentes me dieron la razón y, al mismo tiempo, me exhibieron como el pedante-ignorante que era y soy. “¿De qué vas a escribir tu próximo cuento?”, me preguntó alguno. “De futbol americano”, contesté más que presuntuoso, ya que me consideraba un fanático del rudo deporte de las tacleadas, incluso presumía una mínima incursión en el ámbito estudiantil con los Zorros del ITQ. Pero oh, sorpresa, yo no sabía nada de futbol americano: uno de mis compañeros de taller conocía de memoria el resultado de todos los supertazones efectuados hasta ese momento (y seguramente ha actualizado su información), además del nombre del jugador más valioso de cada partido por el título de la NFL.

“Carajo, no sé nada”, me dije sorprendido y apenado. “Entonces voy a escribir sobre la Sonora Santanera”. Diablos, tampoco. Nuevamente me descubrí como un neófito en la materia cuando otro de mis compañeros recitó de un tirón el año de aparición de cada disco del grupo comandado por el, en ese entonces, recién desaparecido Carlos Colorado. No sólo eso, fue capaz de darme la lista completa de las canciones seleccionadas por el Reader’s Digest para el La caja de los Santaneros.

“Híjole”, comenté, “quizá puede intentar algo con jóvenes aprendices del albur y dispuestos a entender la vida en una ciudad moderna y rompiendo los cánones morales establecidos por la sociedad”. En ese instante, todos voltearon a verme y de inmediato me desaprobaron. “Para eso están José Agustín, Gustavo Sainz y toda la Onda”, me reclamaron. “No sólo eso, qué crees que se ha escrito todo el tiempo: ¡pues cómo romper el canon moral de la sociedad! Eres un pendejo”, sentenciaron.

Bajé los ojos, triste, ya sin arrogancia y casi con temor hablé sobre la posibilidad de escribir sobre un tipo que viaja en camión de su casa al trabajo… “De eso trató tu cuento que leíste hoy”, me interrumpieron. “De eso trató el cuento con el que ganaste el concurso. ¿Qué no tienes imaginación?”. Me interrogaban como se interroga a un ladrón detenido con las manos en la masa.

Salí rápidamente del lugar donde sesionaba el taller y, a la fecha, cuando alguien me pregunta de qué escribo, siempre contesto: “de nada. Ya no escribo”.

(De Crónicas de un escritor de buró, Instituto Queretano de la Cultura y las Artes, 2016)